viernes, 26 de febrero de 2016

Reseña de CHUAN en La Agenda Buenos Aires Ciudad

La Agenda Bs As Ciudad | 26/02/2016
por Marina Yuszczuk

NOTA COMPLETA ACA

Intrigas de mi ciudad
Una ficción, imaginativa y por momentos delirante, y un documental revelador abordan el submundo de la comunidad china en Buenos Aires.

Hace unos años participé en un concurso literario de Metrovías espantoso. Estaba en el andén esperando el subte y vi un cartel que decía “4000 pesos”, decidí presentarme enseguida. Había que escribir un cuento y esa vez me costó porque el tema era “Primer amor”. Pienso que no hay cosa más tonta que el primer amor, un recuerdo en el que no vale la pena detenerse ni por un segundo, así como en nada que tenga que ver con esa pre adolescencia en la que todos éramos igual de gansos, pero algo escribí. Era difícil porque frase a frase me convencía más de que todo era ridículo: el chico con frenillos del que hablaba, yo misma cuchicheando en el recreo del colegio con mis amigas, el ritual de escribir su nombre en un cuaderno. Cosas que odiaría mitificar. Al concurso no lo gané, por si les interesa; el ganador fue un cuento que un señor le dedicaba a su perro, y en el último párrafo el perro se moría (eso me enseñó mucho sobre los concursos literarios). Pero sí pensé bastante en todo eso del primer amor, y juré nunca volver a escribir al respecto.

Luciana Czudnowski escribió en cambio una novelita perfecta sobre un primer amor, una ficción que parecería fundarse en la idea, conscientemente asumida o no, de que si esa primera experiencia está cargada de ridiculez, lo mejor es convertir ese ridículo en absurdo, inflarlo hasta que estalle. Y hacerlo divertido, también, porque, ¿quién puede tomarse esas cosas en serio? La protagonista de Chuan (publicada por Editorial

Conejos a fines del 2015 con una tapa de Antolín que da ganas de comprarla) tiene once años y está completamente enamorada del chino que trabaja en el supermercado de su barrio, un hombre que se llama Chuan (especie de versión achinada de “Juan” e incluso de “Juan Pérez”, como para reforzar esa entidad vacía que es el amado) y le derrite el corazón cuando lo ve cortando fiambres detrás de un mostrador. Como cualquier nena de su edad haría con los envoltorios de golosinas, tarjetitas o boletos de colectivo, ella atesora los papelitos donde él le anota la cuenta de la fiambrería y los tickets del supermercado, y merodea entre góndolas solo con la esperanza de encontrarlo.

Luciana acierta ahí donde yo me equivoqué, y desplaza cualquier intento de autobiografía hacia una ficción delirante, basada en una idea que es un hallazgo: si el primer amor es ridículo y el objeto de ese amor, mirado a una distancia abismal, es siempre insólito, qué mejor que elegir un chino (y no precisamente aquel aristócrata de El amante que fascinó a Marguerite Duras) para hacerlo palpable. Lo inaccesible de todo objeto amoroso se convierte en comedia, y se intensifica desde esa clave por las barreras culturales y lingüísticas que separan a la chica de su amado. Verdaderamente, un amor imposible. Además, por supuesto, uno de los materiales importantes en los que la novela basa su comicidad es el secreto a voces, o ni siquiera tan secreto, de que en nuestro país casi cualquier frase que contenga la palabra “chino” se vuelve graciosa, y que en Buenos Aires especialmente, la oleada inmigratoria de los últimos años cuyos integrantes no paran de abrir supermercados es fuente de una curiosidad inagotable.


Czudnowski no se molesta en simular ningún tipo de corrección política para abordar las situaciones protagonizadas por Chuan, y su nena tampoco es correcta. De hecho una sexualidad precoz la hace rondar a Chuan cuando está reponiendo mercadería para ver si en algún momento se agacha y se le llega a ver el triangulito del jean, o a pasarle la lengua a la tapa de un yogur Gándara de frutilla que el chino le regaló para su cumpleaños y ella guardó como un tesoro. La novela está construida con episodios breves, de un página o a veces un solo párrafo, perfectos, y tiene la inteligencia de ser divertida pero también ir tendiendo otras líneas que se recorren como la protagonista recorre las várices de la abuela, con la punta de los dedos, atraída y perturbada a la vez por la posibilidad de que al tocarlas exploten.

Esa misma abuela, el cuerpo de esa abuela, que Czudnowski retrata desde el tacto y el afán exploratorio de una nena que palpa la vejez con placer asqueroso (como cuando de chicos coleccionábamos mocos o Basuritas), es una de esas líneas, y otra es la de la aventura. Porque la ausencia prolongada de Chuan lleva a la protagonista a tomar una serie de determinaciones: primero, se va a hacer amiga de su mujer para que le enseñe chino. Segundo, se va a ir a China a buscar a su enamorado. El viaje de la nena empieza por hacer la mochila: “Para hacer un bolso primero necesitás una lista: kimono, bombachas, remeras, cepillo de dientes, dentífrico, medias, cantimplora, collar de perlas, plata, colorete. Algunas galletitas. Papel higiénico. Curitas, espejo. Campera. Zapatillas y unos zapatos más de fiesta por las dudas. Un saquito, una campera. Amuletos: el chupete de Mien y los tickets de Chuan”.

Así comienza el viaje, cuyas etapas siguiente incluyen pedir una Cindor en un bar tardísimo a la noche y comprar una peluca para parecer más china –evidentemente, lo mejor que se puede hacer si uno está yendo a China y pretende pasar desapercibido. La lógica de la nena es implacable, pero se equivoca todo el tiempo porque parte de creencias delirantes, de malentendidos, con un candor en el que por momentos duele reconocerse. ¿Y el amor? También es un delirio, tanto como cualquier experiencia semejante cuando uno es tan joven como para creer que la distancia que lo separa de esa imagen idealizada es franqueable, pero al menos logra un objetivo nada menor: quizás por primera vez, la hace salir de casa.

También vinculado a la inmigración china, pero con otro punto de partida y otro recorte, Arribeños, documental de Marcos Rodríguez, hace un recorrido inverso al de la protagonista de Chuan. No porque el género se oponga intrínsecamente a la ficción, sino porque las ficciones, los relatos que persigue son los de los propios inmigrantes, vertidos a veces en la lengua del país de origen y otras en un espectro lingüístico variado que da cuenta de lo que cada uno de los entrevistados pudo amasar con los ingredientes de esa lengua y el español adquirido, mezclado, forzado a una gramática extranjera. Dice la voz de la primera mujer que habla en Arribeños: “Es una calle que tiene poquitos supermercados, uno o dos restaurantes. Muy simple, total es una calle, ¿vio? Juramento, pasás la vía, todo coches, colectivos, todo. Pero solo esta calle no hay nadie. Muy sencillo”.

Donde la nena fascinada con Chuan se guiaba por el mito y no paraba de fantasear con respecto a lo que comen en China, cómo hablan, cómo son, Rodríguez trata de correr ese velo –el de lo chino del Barrio chino consumido por otros habitantes de Buenos Aires- y elige acercarse a esas pocas cuadras que se ubican bajo un portal exótico, al lado de las vías del tren, temprano a la mañana, cuando recién se están abriendo las cortinas de los comercios y hay una especie de intimidad que tiene que ver con el trabajo. Y con la puesta en escena, claro, la de un mundo donde la mercadería ocupa hasta los últimos rincones y parece prometer alguna especie de esencia de “lo chino”, aunque en realidad la oferta tenga que ver más con una construcción extraña, la de aquello que se puede ofrecer para el consumo en Buenos Aires.

La comunidad taiwanesa que ocupó esa zona de Belgrano tiene su propia historia, una que podría permanecer oculta bajo esa idea de “lo chino”, que atañe tanto a las personas detrás del mostrador como a esas hileras de góndolas con mercadería prolijamente ordenada que Marcos Rodríguez retrata en planos fijos mientras, por ejemplo, una chica cuenta cómo al poco tiempo de llegada al país, la única posibilidad de ver películas en su idioma era ir los fines de semana al club que la comunidad tenía en esa parte de Belgrano.

Me encanta lo que el cine puede hacer con un lugar, como si gracias a los documentales toda la ciudad se llenara de túneles cavados por los topos. Somos muchos los habitantes de Buenos Aires que alguna vez nos agolpamos en esas mismas cuadras durante en Año Nuevo Chino, estirando el cuello para ver al dragón, o hicimos cola para conseguir unas empanaditas. Pero claro que Arribeños rompe con esa imagen, y sobre todo con ese lugar siempre insatisfactorio de turistas que por más que compren y consuman o saquen mil fotos, se van sin haber visto nada.