lunes, 22 de febrero de 2016

Entrevista a Walter Lezcano / LOS WACHOS en Revista Brando

REVISTA BRANDO | FEB 2016

NOTA COMPLETA ACA

WALTER LEZCANO: NARRADOR CON LENGUA PROPIA

Los libros de Walter Lezcano podrían funcionar como manuales de supervivencia: historias y personajes de un conurbano en el que el amor o la falta de amor, el sexo, los dilemas, las aspiraciones y hasta el paisaje se definen por un modo particular de nombrar al mundo.


Por Daniel Gigena / Foto gentileza Bruno Szister

El año pasado se publicaron cuatro libros de Walter Lezcano, poeta, narrador, periodista y docente nacido en 1979 en Goya (Corrientes). Dos libros de poesía, El condensador de flujo (La Carretilla Roja) y La vida real (Viajero Insomne), el volumen de cuentos Los wachos (Conejos) y la novela corta Fractura expuesta, editada en la nueva serie Zona Pulp del sello Interzona. La relación de Lezcano con la escritura fue desde el comienzo una labor de persistencia. En el blog "Los trabajos prácticos" se podían leer sus crónicas como docente de escuela media en Rafael Calzada, San Francisco Solano y Ezpeleta durante los ásperos años del menemismo, la retirada de Fernando de la Rúa y la transición al kirchnerismo. Las circunstancias difíciles de los alumnos eran compartidas por el narrador y, habría que agregar, por muchos de los lectores.

En Los wachos, su segundo libro de cuentos, algo de aquella escritura del presente retorna mediada por ficciones protagonizadas por jóvenes a la intemperie, muchos de ellos sin padre a la vista, chicos que desertan de las rutinas que tratan de establecer la escuela, los trabajos precarios o las familias atadas con alambre.

Un espacio específico, el del conurbano, que Lezcano conoce mejor que un cartógrafo, se convierte en cierta medida en protagonista mudo de las nueve historias. "El auto arrancó. Ella miraba por el vidrio. Eran las mismas casas feas y negocios sucios de siempre. Estábamos acostumbrados a ver eso, las pocas veces que anduvimos por ahí, a pata o arriba del colectivo", cuenta el narrador de "El futuro del dinero", gran cuento final donde el protagonista salda dos deudas de un solo golpe. En ese mismo relato, otro personaje explica cómo es Ramos Mejía:
"Es igual en todos lados: una mierda". Los barrios desangelados del sur o del oeste, salpicados de supermercados chinos, locutorios con banda ancha, geriátricos, casillas y remiserías, no cumplen ninguna función de determinación social en esta literatura. De entrada el ambiente, como muchos de los protagonistas de los cuentos, está destinado a fracasar. La manera en la que Lezcano revierte esa caída en picada, esa derrota de los hijos de madre soltera que habitan los relatos, es muy sencilla: a todos ellos les provee un lenguaje. Sobre una novia, el narrador de "El gusto del vidrio", el primer cuento de Los wachos, dice: "Era una minita que me daba cabida y nada más, y estaba buenísimo que pasara eso. Pero ella puso los puntos y se la jugó: marcó la cancha y yo me tuve que poner a tiro con la situación". Cuando un remisero por el espejo retrovisor del auto lo mira mal, el protagonista del último cuento comenta: "Seguramente, ese circo de la miradita le funcionaba con los hijos o con la mujer. Yo lo conozco, mi vieja también lo hace a veces. A mí me chupan un huevo los ojos de la gente y lo que hacen con ellos". El lenguaje de los personajes construye el paisaje. 


"Este fue un año zarpado -quien habla ahora es Walter Lezcano y no uno de sus personajes-. Mis dos libros de poesía y el de cuentos se relacionan, más allá de la temática o el universo, por el mismo impulso creativo que significa convertir materiales provenientes de un territorio que me resulta muy cercano en algo literario, legible, y que trascienda el entorno de la experiencia. Es decir, intento que las palabras provenientes de la realidad se acoplen bien a procedimientos donde la imaginación también tiene mucho que ver. Ese fue el único plan inicial. Nunca pienso en términos de «obra» porque bajo ese mandato de autoconciencia no podría escribir ni dos renglones. Lo que hago es mantenerme en determinada sintonía que me permita terminar textos, sea un poemita, un cuento, una novela o, incluso, una nota".

Tanto en La vida real como en El condensador de flujo, la inmanencia presta al empeño poético episodios vividos por seres queridos, amigos de la infancia, novias a las que les gusta fantochear con las amigas, el propio Walter en la parada atestada del 148 o en una visita al médico. Incluso las situaciones con rateros que deambulan por Once o Constitución, a la caza de celulares, monedas o un par de zapatillas, se asimilan como material poético: "en la esquina de caseros y montes de oca/ otro negrito como yo/ pero con más calle y más vida de mierda// nos escupió cuando no quisimos darle nada/ porque no teníamos nada/ la escupida no nos pegó en ningún lado/ hubiera dolido más que las balas".

"Fractura expuesta proviene de un lugar absolutamente lúdico -agrega Lezcano, sobre su nouvelle protagonizada por docentes, punteros políticos, borrachos y enemigos con «buen chamuyo» en un barrio del sur bonaerense-. Yo había escrito una novela larguísima, extenuante e insoportable que ahora descansa en un cajón. Me demandó mucho laburo ese texto y, como no quería quedar pegado a esa voz que tanto me había costado lograr, me puse a escribir algo que fuera en la dirección contraria. Y me salió una novela de acción y suspenso donde hay una lucha por ver quién se queda con unas tierras y un barrio. No sabía que escribir sobre peleas cuerpo a cuerpo, sangre, armas y muerte podía ser tan divertido". A los libros de Lezcano se los puede leer como informes de un manual de supervivencia, más eróticos que morales, más contradictorios que pedagógicos. "Malas noticias: la experiencia/ es la carne de cañón/ de los zombies, de los seres sin pasión por el mañana./ En fin./ No hay enseñanzas acá./ Son sólo cosas que pasan/ y que no tienen ningún significado". El sentido lo proporcionará la lectura. Hay para elegir.